La luna llena estaba oculta entre las grises nubes, la fría noche miraba el mundo con sus oscuros ojos negros tratando de aterrorizar las almas. Pero un ser se atrevió a plantarle cara. Salió a la oscuridad de esa noche maldita, noche en la que los bebedores de sangre salían en busca de víctimas, noche de muerte, de odio, la noche más oscura entre todas. La muchacha caminaba deprisa, con paso firme, como si no supiera quién se escondía en la oscuridad, como si desconociese de dónde provenía ese miedo instintivo.
La chica llevaba un cántaro de agua vacío y se dirigía al pozo a llenarlo en medio de la noche. Miró al cielo y lamentó que la luna estuviese oculta, quizás su compañía hubiese alejado ese miedo. Pero quien merodeaba por las afueras del pueblo esa noche maldita asustaba incluso a la luna.
Llegó al pozo y se inclinó para tomar la cuerda con la que subiría el cubo. Entonces sintió el gélido aliento en su espalda, notó cómo su alma se encogía ante la maldita presencia y rezó por la salvación de su alma tras la muerte.
El bebedor de sangre posó los labios sobre el hombro de la muchacha y ésta sintió la sonrisa que se formaba en ellos.
La luna se atrevió a salir de su escondite y presenció la caza. Vio la sangre, a la muchacha debatiéndose, al bebedor saciando su sed, y se ocultó tras las nubes para que no la vieran llorar.
Llegó el día y el Sol iluminó los pedazos del cántaro roto, los cabellos despeinados de la muchacha, su rostro pálido, sus ojos suavemente cerrados, su mano sobre el pecho y la media luna de su cuello, que no son más que un recordatoro para los aldeanos, un pequeño aviso que pronto será olvidado.
La única que no olvida es la luna, que llama a sus hijos para encargarles que acaben con el bebedor de sangre.
Un aullido por respuesta: la caza ha comenzado